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29 Sep 2017

Antonio Colino: “El idioma es la principal industria de España; más que el turismo, la banca o la energía”


“Espectro radioeléctrico”, “cable de fibra óptica” o “memoria RAM” constituyen ejemplos de términos técnicos que nunca encontraremos en un diccionario general de lengua española, incluido el de la RAE. ¿Cómo hallar entonces una definición fiable y científica? La solución es recurrir online al ‘Diccionario español de ingeniería’, una obra inmensa, con 55.000 términos –miles de ellos vinculados al sector TIC–, que desarrolla desde hace años la Real Academia de Ingeniería y que además protagoniza el espacio de Radio 5 ‘Palabra de Ingeniero’. Su director, Antonio Colino (*), revela en esta entrevista el origen y el día a día de un proyecto muy ambicioso, que él y más de 100 voluntarios impulsan “por amor al español”.

¿Por qué decidió impulsar un diccionario de ingeniería?

El diccionario tiene su origen en un hecho incontestable: el español se está convirtiendo en un lenguaje universal. Ya somos más de 560 millones los que tenemos como lengua materna el español; muchos más que ingleses. Hay más personas que hablan inglés por razones de negocios, estudios u otras circunstancias, pero no tantos que hayan aprendido a hablar con él. Además, el idioma es la principal industria de España, más que el turismo, la banca y la energía, y representa el 16% del PIB.

Sin embargo, pese a la importancia de nuestra lengua, en organismos internacionales como la Unión Europea o las Naciones Unidas, donde el español es idioma oficial, los traductores e intérpretes se han encontrado sistemáticamente con muchos problemas para traducir la catarata de términos ingleses que surgen a diario. El diccionario de la RAE no incluye la inmensa mayoría de esos términos técnicos y hasta ahora no podían recurrir a ninguna otra herramienta. Así que un grupo de ingenieros, hace ya unos cuantos años, decidimos ponerle remedio.

¿Cómo fueron esos primeros pasos?

Todo comenzó en 1996, en las reuniones de la Agencia de la Energía Atómica en Viena. Allí los intérpretes y traductores se quejaban por no disponer de un documento oficial con la traducción de los términos técnicos habituales. Decidimos comenzar por un diccionario español de la energía nuclear, que al final se acabó ampliando a “energía” en su concepto más amplio. Nos llevó ocho años de trabajo, ya que su versión impresa se publicó en 2004, con multitud de fotografías e ilustraciones. Recibió muchos premios. Al acabarlo, en la Real Academia de Ingeniería comenzamos a hablar de llevarlo más lejos y ampliarlo a las distintas ramas de la ingeniería.

Hay que tener en cuenta que uno de los objetivos de las reales academias es generar terminología en español. Es la razón que también ha empujado a crear otros diccionarios, como los de las academias de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, Medicina o Farmacia. Nos diferenciamos en que el nuestro incluye la definición en inglés, aunque los términos y palabras se presenten en español. Queríamos servir de ayuda, como he dicho, a los traductores e intérpretes.

Crear un diccionario tan amplio tuvo que suponer un gran reto. ¿Cómo se organizaron?

El diccionario de energía tenía unos 12.000 términos y el de ingeniería anda por los 55.000, pero podrían ser muchos más. El primer gran reto a la hora de afrontar un trabajo de estas dimensiones es establecer límites. Si hablamos de ingeniería, podríamos incluir hasta los tamaños de las aceitunas o los nombres de los animales o las plantas, ya que tiene que ver con el trabajo de los agrónomos. Y es solo un ejemplo.

Lo primero que hicimos fue dividir la ingeniería en nueve grandes áreas: astronáutica, naval y transportes; agroforestal, construcción, tecnologías de la información y las comunicaciones, seguridad y defensa, química industrial, energía, ingeniería biomédica e ingeniería general. Al frente de cada una pusimos a un académico de gran prestigio.

Luego subdividimos cada área, de forma que coincidieran también con la estructura de las escuelas de ingenieros de España. Al final acabamos con más de 30 campos y al frente de cada uno de ellos nombramos a académicos o personal de las escuelas y los colegios profesionales. Cada uno de ellos se buscó 4, 5 y a veces hasta 10 colaboradores. Al final, creamos un equipo de más de cien especialistas.

Lo siguiente que hicimos fue un barrido de toda la terminología que se empleaba en España, revisando libros de texto, tesis doctorales y revistas técnicas que se publican por medio mundo. Así llegamos a recopilar 120 millones de palabras. Las analizamos y seleccionamos, en función de las que más se repetían e interesaban a cada sector, y nos impusimos un límite de 55.000. Ha sido un trabajo muy intenso, únicamente viable porque detrás hay un gran equipo.

A diferencia del diccionario pionero, el de la energía, este fue exclusivamente online

Tuvimos algunas discusiones al respecto, pero la realidad es que muchas de las palabras que usamos hoy ya no las emplearemos mañana. Basta con ver la cantidad de terminología técnica que prácticamente no se utilizaba hace cien años; desde “avión” a “teléfono”. Las palabras, como las personas, tienen su propio ciclo vital: nacen, se reproducen y mueren. El mejor ejemplo lo encontramos en el diccionario de ciencia y tecnología de la editorial norteamericana McGraw-Hill. Tiene 100.000 palabras y se han publicado ocho ediciones. En cada una de ellas se eliminan 5.000 términos y se incorporan otros tantos, así que la última edición no tiene nada que ver con la primera. Acordamos que la mejor manera de mantenerlo actualizado era online y está disponible de manera gratuita desde 2014.

¿Con qué medios han contado?

El motor más importante que tenemos es ese centenar de personas dispuestas a trabajar sin que nadie reciba un céntimo; solo por amor a España y al español. Existe además un equipo de lexicógrafos en plantilla, que se sufraga con subvenciones y patrocinios. En su momento logramos una subvención del antiguo Ministerio de Educación y Ciencia, y nos han apoyado empresas como Caja Madrid o Endesa.

¿Cómo lo mantienen actualizado?

Nuestro diccionario tiene la misma planta que el de la RAE. Un equipo de lexicógrafos se ocupa de adaptar cada definición que nosotros proporcionamos a esa estructura. Constantemente nos llegan nuevas definiciones, así como adaptaciones y ampliaciones de términos que ya están publicados. Los valoramos y, si procede, los sumamos al diccionario.

¿Quiénes son los usuarios más habituales del diccionario?

Los más frecuentes son los traductores e intérpretes, que además colaboran con nosotros y con los que mantenemos reuniones periódicas. También los ingenieros, que a menudo recurren a él para encontrar definiciones colegiadas, y el público en general.

¿Qué tipo de términos son los que más se buscan?

Sobre todo los de habla común. Mucha gente, por ejemplo, busca la definición exacta de la palabra “ingeniería” porque está incluida en contratos legales y afecta a los trabajos que debe de acometer o no una empresa en un proyecto determinado. También se consultan multitud de términos relacionados con las tecnologías de la información y las comunicaciones y otros de uso frecuente por parte de la población en general porque, por ejemplo, aparecen en la factura de la luz, como “kilovatio” y “kilovatio hora”.

¿Hay proyectos de futuro asociados al diccionario?

Por un lado, queremos ponernos de acuerdo con otras academias y con la RAE para homogeneizar los términos y que los usuarios accedan a las mismas definiciones, con independencia del diccionario que utilicen. Sería muy interesante que además pudieran disponer de todo este conocimiento en un solo pantallazo.

Otro de nuestros objetivos es que el diccionario de ingeniería también sea hispanoamericano, un proyecto que nos gustaría desarrollar con el Instituto Cervantes y en cooperación con las academias de ingeniería de los distintos países latinoamericanos.

(*) Antonio Colino (Madrid, 1946), es doctor ingeniero de Caminos, Canales y Puertos; ingeniero Eléctrico Nuclear y diplomado en Dirección General de Empresas. Entre otros muchos cargos, fue director de proyectos nuclerares del grupo INI-ENDESA, presidente ejecutivo de ENRESA, primer presidente de la Asociación Internacional para la Gestión Medioambiental y Segura de Materiales Radioactivos, consejero y vicepresidente del Consejo de Seguridad Nuclear, así como asesor en temas de energía en la Unión Europea y en el Organismo Internacional de la Energía Atómica de la ONU. En la actualidad es académico y secretario general de la Real Academia de Ingeniería, y dirige el Diccionario Español de Ingeniería.



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