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23 Sep 2014

Comunicaciones enriquecidas para nativos digitales


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Esta semana la firma invitada es la del periodista Antonio Lorenzo, responsable de información tecnológica en el diario elEconomista, quién nos escribe sobre “Comunicaciones Enriquecidas para Nativos Digitales”:

No se asusten por el título. Lo que sigue está basado en hechos reales. El pasado agosto, durante mis vacaciones familiares en un pequeño pueblo costero de Galicia, rescaté una serie de “comunicaciones enriquecidas” para las nativas digitales del hogar (para mis hijas, vamos). Dicho de esa forma, la ocurrencia no parecía muy divertida, pero las apariencias casi siempre engañan.

El experimento lo hice extensivo entre varios amigos de la pandilla de las pequeñas. Les expliqué la historia como si fuera un juego. La aventura consistía en reproducir algunos de los hábitos, ahora en desuso, que ocupaban a los mayores cuando eran chavales. Les aseguré que, probablemente, serían los primeros niños de sus respectivos colegios en realizar semejantes actividades.

Fueron cinco tareas, que a continuación comparto por si alguien quiere tomarlas prestadas.

La primera prueba consistió en que cada crío escribiera una carta a la persona que les apeteciera y que estuviera a cientos de kilómetros de distancia. Obviamente, compraron y pegaron un sello en un sobre, donde anotaron el destinatario, como si fuera un email. Redactaron de puño y letra unas palabras en una cuartilla y echaron la misiva al buzón. Además, uno de los menores adjuntó una flor seca y otro perfumó el papel con su colonia de baño. Lo suyo fueron comunicaciones enriquecidas de verdad. No habían hecho nada parecido desde la última carta a los Reyes Magos.

El segundo trabajo fue un éxito clamoroso. Escribieron un mensaje en un papelito, que enrollaron y guardaron en una pequeña botella perfectamente cerrada. La arrojaron al mar y confiaron en que la corriente llevara sus buenos deseos a cualquier otra persona del mundo. En el texto se incluyó la dirección de correo electrónico de uno de los padres.

La tercera tarea parecía fácil, pero resultó imposible. Había que buscar una cabina telefónica y realizar una llamada como las que se hacían antes de la popularización de la telefonía móvil. El único teléfono público de la comarca admitía monedas, pero no funcionaba.

Tras el pinchazo anterior, el cuarto encargo obligaba a la chavalería a visitar la oficina de Correos del pueblo y desde allí enviar un telegrama con un breve saludo a alguno de los abuelos de la pandilla. Al parecer, lo más curioso fue comprobar la cara de asombro del funcionario que les atendió. El telegrama viajó hacia un destinatario que, a escondidas, ya estaba advertido de la iniciativa para así evitar sobresaltos.

La última y definitiva prueba se realizó cuando ya caía la noche. Exigía cierta preparación. La pandilla se dividió en dos y cada uno de los grupos recibió una hojita con el alfabeto Morse, junto con una linterna. Ambos equipos se alejaron cientos de metros, pero sin perder la enfilada. A los pocos minutos, los muchachos cogieron soltura con los puntos y las rallas -con la ayuda del método nemotécnico de las vocales de ciertas palabras- y convirtieron el prodigio en su particular WhatsApp. La comunicación inalámbrica, gratuita y centenaria, resultó eficaz, aunque echaron en falta los emoticonos.

Aquella jornada quedó entre los recuerdos felices del verano, especialmente cuando compartí con los niños y sus padres un reciente email que iluminó mi bandeja de entrada. Correspondía a Iván, un marino español que había encontrado la botella de los niños, con su papelito en el interior en perfecto estado, mientras navegaba un centenar de millas de distancia de la costa gallega. Tras leer el texto, el casual receptor tuvo el detalle de responder al email que aparecía escrito, incluyendo la foto de un mapa marcado con el sitio exacto en el que localizó la botella.

La alegría y emoción de los niños al conocer el periplo de su mensaje resultó indescriptible. ¡Vivan los marinos amables y las comunicaciones enriquecidas!

 @antoniolorenzo

 



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