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07 Jul 2008

El diseño ciudadano de las nuevas tecnologías


Si las nuevas tecnologías están cambiando nuestra forma de vida, ¿no tenemos derecho, por lo tanto, a influir en su diseño y a exigir que se ajusten a unas pautas deseables para las personas y la vida en comunidad?

Vivimos en un mundo totalmente condicionado por la evolución tecnológica y sería inimaginable concebir nuestro actual nivel de vida sin los recursos que nos proporciona. Sin embargo, la rapidez y la complejidad de sus aplicaciones trastocan radicalmente nuestro entorno social o laboral y remueven multitud de valores profundamente arraigados. Todo eso causa una creciente preocupación social que reclama una actitud más activa y participativa por parte de la ciudadanía.

Por otro lado, el uso indiscriminado de la capacidad tecnológica está permitiendo una sobreexplotación abusiva de los recursos naturales, lo que es origen de un grave deterioro ecológico. Asimismo, muchos de los avances científicos tienden más a profundizar en la dualidad entre países ricos y pobres que a acabar con las desigualdades entre los pueblos. La llamada brecha digital no es más que una prolongación de la brecha social. Ambas se alimentan mutuamente.

Y, mientras, el ciudadano supertecnologizado, que parece haber renunciado a la acción colectiva en el mundo real, se refugia en la realidad virtual en un alarde de automarginación: se trata de una curiosa modalidad del denominado ciber-underground.

Todo ello constituye un muestrario de síntomas de profundas mutaciones sociales que es necesario abordar desde la lógica del diseño y no desde la simple consideración de los impactos sociales de los cambios tecnológicos. Éstos ni son un fenómeno autónomo que responden a su propia lógica, ni son siempre necesarios e inevitables.

El discurso de la ideología dominante presenta estos cambios tecnológicos como una evolución irreversible en la organización de nuestras vidas, al tiempo que se resaltan las ventajas que podría conllevar incluso para la propia ciudadanía. Existen, sin embargo, serias dudas sobre si los procedimientos empleados para implantar estas nuevas tecnologías son los más adecuados. Es indudable que la lista de inconvenientes para los consumidores, usuarios y ciudadanía en general es abultada y todavía no es posible evaluar con precisión las disfunciones sociales, psicológicas y culturales que provocan.

Sostiene Molinuevo[1], no obstante, que las nuevas tecnologías son hoy día una oportunidad única, un factor decisivo de humanización, si somos capaces de pasar del “autismo interactivo” a la participación ciudadana.

En este sentido, Langdon Winnner[2] sostiene que si las nuevas tecnologías están cambiando nuestra forma de vida, ¿no tenemos derecho, por lo tanto, a influir en su diseño y a exigir que se ajusten a unas pautas deseables para las personas y la vida en comunidad?

El bienestar de todos nosotros depende, en gran medida, de las configuraciones socio-técnicas que nos rodean. Por consiguiente, es justificable reivindicar un derecho para influir en el diseño de las tecnologías que condicionan nuestra forma de vivir.

Como ciudadanos y ciudadanas que experimentamos las consecuencias del cambio tecnológico, tenemos derecho a “reivindicar una participación en los resultados”.

Las tecnologías, considerándolas como entidades y como un conjunto colectivo global, constituyen “un mundo” que nos sustenta tanto física como espiritualmente y nos imponen condiciones que nos desconciertan y ponen en peligro nuestra libertad y bienestar.

Las posibilidades de adoptar ciertas decisiones y lograr su cumplimiento están muy relacionadas con las tecnologías que nos rodean, la forma en que éstas están estructuradas, cómo funcionan, y las condiciones y los requisitos que imponen, por lo tanto, ese derecho de intervención y control ciudadano de las tecnologías parece incuestionable.

Pero, ¿se hará realidad alguna vez esta aspiración? Winner es optimista. Durante los dos últimos siglos se puede apreciar un continuo incremento de reivindicaciones sobre derechos humanos que incluyen un número cada vez mayor de personas y condiciones y, junto a ello, se ha apreciado también la creciente importancia que la tecnología está adquiriendo en las controversias sobre los derechos humanos y los límites de la ciudadanía democrática. Winner sostiene que aunque nadie puede predecir de forma fiable cómo y cuándo tendrán lugar los cambios en el reconocimiento de estos derechos, es posible pensar que este tema dé la vuelta y finalmente se impongan políticas más progresistas.

Concluyo en este sentido con la propuesta que, desde el Foro de Investigación y Acción Participativa (fiap), venimos defendiendo para construir un nuevo modelo de evaluación social de las tecnologías. Esta propuesta propugna la implicación activa de la ciudadanía para dar forma social a los cambios tecnológicos. Se trata de pasar de la lógica de las consecuencias a la lógica del diseño; de romper con el paradigma utilitarista típico de neoliberalismo y retomar la vieja y entrañable bandera del humanismo progresista. Una tarea que, indudablemente, merece todos los esfuerzos.


[1] “Cibercultura: crisis de las utopías digitales” en I Conferencia Internacional sobre “Ciberciudadanía y derechos digitales”. Rivas Vaciamadrid, Noviembre 2007. Foro de investigación y acción participativa para el desarrollo de la sociedad del conocimiento.

[2] “Más allá de la sociedad red: ¿existe un derecho ciudadano a diseñar la tecnología?” en I Conferencia Internacional sobre “Ciberciudadanía y derechos digitales”. Rivas Vaciamadrid, Noviembre 2007. Foro de investigación y acción participativa para el desarrollo de la sociedad del conocimiento



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